
CAPITULO 4
LOCUTORES Y LOCUTORAS.
Locutor, locutora. Los que se ganan la vida hablando por los micrófonos. Los locos maravillosos y exasperantes que habitan en las cabinas desordenadas de nuestras radios.
Podemos distinguir mil variedades: locutores informativos, conductoras de revistas, entrevistadores, corresponsales, comentaristas deportivos, actores y narradoras de dramas, presentadores de actos… Y los más abundantes, los animadores y animadoras musicales, también conocidos como disc-jockeys o pone-discos. Ciertamente, la voz, como a un niño, hay que educarla. Todo el aprendizaje para saber colocarla, para subir y bajar tonos, para aprovechar la caja de resonancia de nuestras fosas nasales, para saber respirar y controlar el aire, es bueno. Es magnífico. Lo malo es creerse que, al cabo de estas prácticas, ya somos locutores. Cuando conversamos con alguien, no nos estamos fijando tanto en su voz, sino en lo que dice y en la gracia con que lo dice.
No existen voces de locutor. En la radio —como en la vida— hay sitio para todos los registros y todas las formas de hablar. En una radio democrática todas las voces son bienvenidas. El asunto es ver cuál se acomoda mejor a uno u otro programa. Una emisora moderna —compañía antes que espectáculo— no necesita voces perfectas por la sencilla razón de que sus oyentes tampoco las tienen. En nuestros micrófonos, más que estrellas admirables, necesitamos amigos y amigas queribles.
Los locutores con mayor puntaje no son los que gozan de excepcionales laringes. Lo que decide el favor del público es un buen cerebro, una mejor palabra y un óptimo corazón. Quien tenga linda voz, que la aproveche. Pero no llegará a ser locutor por ella, sino por su personalidad, por su energía interior.
El locutor es un atleta de la palabra. Igual que los deportistas, antes de la competición deberá abstenerse de muchas cosas gratas: helados y gaseosas, maní, chicles y otras chucherías que le empastan la voz. O de echarse los tragos, que le empasta la mente.
La miel y el limón son excelentes, para cuidar la voz, pero no antes de hablar ya que producen mucha saliva. Y para aclarar la voz basta un vaso de agua fresca.
Antes que la voz, debemos dominar los nervios. Hay que espantar estos fantasmas que entorpecen, como ningún otro, la comunicación. Si lo pensamos bien, no existe ninguna razón válida para que una persona no logre expresarse con igual fluidez frente a un micrófono que ante un amigo.
El miedo al ridículo es el susto más grande al que nos enfrentamos cuando estamos frente a un micrófono ya que cuando salimos al aire, nos sentimos más expuestos, más vulnerables que en un grupo pequeño; es por eso que el mejor camino para vencer el miedo es decidirse a vencerlo.
Para controlar los nervios entre a cabina con ánimo positivo, cabeza erguida, pisando firme, con buen astral. Respire profundamente tres o cuatro veces antes de empezar a hablar. Así oxigenará todo su organismo y se sentirá más relajado.
Aunque nada brinda mayor seguridad que saber bien lo que vamos a decir, prepare su programa, organice sus ideas y… ¡adiós temblores!.
Las muletillas nos pueden brindar un punto de apoyo para no caernos al hablar. En fin, olvídese de los nervios. La segunda vez le saldrá mejor que la primera. Y la tercera mejor que la segunda. Todo es cuestión de práctica. Así, practicando y practicando, ganará confianza y controlará los nervios.
Mientras habla, inspire por la nariz. Y suelte el aire, poco a poco, por la boca. Si hace lo contrario,
si inspira por la boca, sonará como si estuviera ahogándose. Por la nariz, normalmente, el aire no suena.
Hay muchos ejercicios para entrenar la respiración. Todos ellos tienen igual mecánica: inspirar ampliamente por la nariz, de manera que las ventanas nasales se abran, las costillas se separen y el diafragma descienda. La espiración puede ser más rápida, hasta violenta. O contenida, reteniendo el aire y controlando su expulsión.
Locutor o locutora no es quien habla, sino quien logra el contacto, quien establece la comunicación con el otro, quien se hace escuchar. Una palabra al viento, una señal de sonido sin nadie que la reciba, equivale al silencio, peor aún, al ruido. Cuando hablas por radio, no te estás dirigiendo a una multitud, ni siquiera a un grupo, te diriges a miles de personas. En radio, conversar es el arte.
La espontaneidad no garantiza la amenidad del locutor ni la captación del interés del público. Seamos realistas: siempre es más fácil aburrir que entretener.
Defendiendo los acentos regionales y nacionales no queremos echar por la ventana el esfuerzo por pronunciar bien las palabras y las letras. Una cosa es el acento y otra la mala dicción.
Una práctica recomendada para articular mejor consiste en morder un lápiz, como si tuviéramos un freno de caballo en la boca. En esa posición, póngase a leer un periódico. Llamamos buena articulación a la pronunciación clara de las palabras que los demás puedan oír y distinguir bien todo lo que decimos.
El primer nivel, imprescindible para cualquier tipo de locutor o locutora, es la lectura comprensiva: entender lo que está diciendo, hacerse responsable de las frases que salen de su boca.
Al segundo nivel le podríamos llamar lectura punteada. Los signos de puntuación son como las señales de tránsito del idioma.
Tercer nivel: la lectura modulada. Si para hablar sin papeles es necesaria, para leer resulta imprescindible. Porque cualquier texto escrito puede ablandarse con un buen juego de voz.
No basta con saber leer, ni siquiera con una lectura libre. Un locutor necesita aprender a improvisar, a soltar la lengua. A correr la aventura de hablar sin papeles.
Un buen locutor no se conforma con serlo. De acuerdo, hay programas complicados, con muchos recursos, en que la división entre locutor y operador se justifica plenamente. Pero en otros, no. En muchos espacios musicales sencillos el locutor se estimularía manejando directamente los equipos.
Podemos distinguir mil variedades: locutores informativos, conductoras de revistas, entrevistadores, corresponsales, comentaristas deportivos, actores y narradoras de dramas, presentadores de actos… Y los más abundantes, los animadores y animadoras musicales, también conocidos como disc-jockeys o pone-discos. Ciertamente, la voz, como a un niño, hay que educarla. Todo el aprendizaje para saber colocarla, para subir y bajar tonos, para aprovechar la caja de resonancia de nuestras fosas nasales, para saber respirar y controlar el aire, es bueno. Es magnífico. Lo malo es creerse que, al cabo de estas prácticas, ya somos locutores. Cuando conversamos con alguien, no nos estamos fijando tanto en su voz, sino en lo que dice y en la gracia con que lo dice.
No existen voces de locutor. En la radio —como en la vida— hay sitio para todos los registros y todas las formas de hablar. En una radio democrática todas las voces son bienvenidas. El asunto es ver cuál se acomoda mejor a uno u otro programa. Una emisora moderna —compañía antes que espectáculo— no necesita voces perfectas por la sencilla razón de que sus oyentes tampoco las tienen. En nuestros micrófonos, más que estrellas admirables, necesitamos amigos y amigas queribles.
Los locutores con mayor puntaje no son los que gozan de excepcionales laringes. Lo que decide el favor del público es un buen cerebro, una mejor palabra y un óptimo corazón. Quien tenga linda voz, que la aproveche. Pero no llegará a ser locutor por ella, sino por su personalidad, por su energía interior.
El locutor es un atleta de la palabra. Igual que los deportistas, antes de la competición deberá abstenerse de muchas cosas gratas: helados y gaseosas, maní, chicles y otras chucherías que le empastan la voz. O de echarse los tragos, que le empasta la mente.
La miel y el limón son excelentes, para cuidar la voz, pero no antes de hablar ya que producen mucha saliva. Y para aclarar la voz basta un vaso de agua fresca.
Antes que la voz, debemos dominar los nervios. Hay que espantar estos fantasmas que entorpecen, como ningún otro, la comunicación. Si lo pensamos bien, no existe ninguna razón válida para que una persona no logre expresarse con igual fluidez frente a un micrófono que ante un amigo.
El miedo al ridículo es el susto más grande al que nos enfrentamos cuando estamos frente a un micrófono ya que cuando salimos al aire, nos sentimos más expuestos, más vulnerables que en un grupo pequeño; es por eso que el mejor camino para vencer el miedo es decidirse a vencerlo.
Para controlar los nervios entre a cabina con ánimo positivo, cabeza erguida, pisando firme, con buen astral. Respire profundamente tres o cuatro veces antes de empezar a hablar. Así oxigenará todo su organismo y se sentirá más relajado.
Aunque nada brinda mayor seguridad que saber bien lo que vamos a decir, prepare su programa, organice sus ideas y… ¡adiós temblores!.
Las muletillas nos pueden brindar un punto de apoyo para no caernos al hablar. En fin, olvídese de los nervios. La segunda vez le saldrá mejor que la primera. Y la tercera mejor que la segunda. Todo es cuestión de práctica. Así, practicando y practicando, ganará confianza y controlará los nervios.
Mientras habla, inspire por la nariz. Y suelte el aire, poco a poco, por la boca. Si hace lo contrario,
si inspira por la boca, sonará como si estuviera ahogándose. Por la nariz, normalmente, el aire no suena.
Hay muchos ejercicios para entrenar la respiración. Todos ellos tienen igual mecánica: inspirar ampliamente por la nariz, de manera que las ventanas nasales se abran, las costillas se separen y el diafragma descienda. La espiración puede ser más rápida, hasta violenta. O contenida, reteniendo el aire y controlando su expulsión.
Locutor o locutora no es quien habla, sino quien logra el contacto, quien establece la comunicación con el otro, quien se hace escuchar. Una palabra al viento, una señal de sonido sin nadie que la reciba, equivale al silencio, peor aún, al ruido. Cuando hablas por radio, no te estás dirigiendo a una multitud, ni siquiera a un grupo, te diriges a miles de personas. En radio, conversar es el arte.
La espontaneidad no garantiza la amenidad del locutor ni la captación del interés del público. Seamos realistas: siempre es más fácil aburrir que entretener.
Defendiendo los acentos regionales y nacionales no queremos echar por la ventana el esfuerzo por pronunciar bien las palabras y las letras. Una cosa es el acento y otra la mala dicción.
Una práctica recomendada para articular mejor consiste en morder un lápiz, como si tuviéramos un freno de caballo en la boca. En esa posición, póngase a leer un periódico. Llamamos buena articulación a la pronunciación clara de las palabras que los demás puedan oír y distinguir bien todo lo que decimos.
El primer nivel, imprescindible para cualquier tipo de locutor o locutora, es la lectura comprensiva: entender lo que está diciendo, hacerse responsable de las frases que salen de su boca.
Al segundo nivel le podríamos llamar lectura punteada. Los signos de puntuación son como las señales de tránsito del idioma.
Tercer nivel: la lectura modulada. Si para hablar sin papeles es necesaria, para leer resulta imprescindible. Porque cualquier texto escrito puede ablandarse con un buen juego de voz.
No basta con saber leer, ni siquiera con una lectura libre. Un locutor necesita aprender a improvisar, a soltar la lengua. A correr la aventura de hablar sin papeles.
Un buen locutor no se conforma con serlo. De acuerdo, hay programas complicados, con muchos recursos, en que la división entre locutor y operador se justifica plenamente. Pero en otros, no. En muchos espacios musicales sencillos el locutor se estimularía manejando directamente los equipos.

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